El mito de los regiomontanos

ADVERTENCIA: Quien no se sienta aludido y crea que con mi texto estoy generalizando, por favor no venga a hacerla de pedo, pues si la hace de pedo sólo confirmará lo que digo: que los de Monterrey somos unos brutos.

Si le preguntan a un regiomontano cuáles son las características que lo describen, seguramente dirá cosas como: “Somos gente muy trabajadora”, “somos gente orgullosa de nuestras raíces”, “somos gente muy entusiasta”, “somos gente que le gusta decir las cosas como son”, “somos una ciudad industrial”, “somos una ciudad importante y moderna”, “somos una ciudad con un potencial de desarrollo impresionante”, “tenemos los mejores lugares para divertirse”, “somos la mejor afición futbolera de México”, “tenemos eventos de primer mundo” y una lista interminable de cosas que no son más que mamadas que nos inculcaron creer desde niños.

La prueba máxima de que somos ignorantes, de que no tenemos lugares turísticos ni una cultura de la cual sentirnos orgullosos, es cuando viene alguien de visita a la ciudad: lo primero que hacemos es llevarlo a comer cabrito o a ver un partido de fútbol.

Los más ingenuos se conforman con eso: con decir que Monterrey es una sociedad que disfruta reunirse alrededor de un asador atascado de carne asada, a beber cerveza y a ver el fútbol. Esa imagen del devorador compulsivo de carne y cerveza que pierde la cabeza con el fútbol reconforta a muchos e incluso los hace creer que somos ejemplo de convivencia, modernidad y solvencia económica, pues –en sus mentes- comer carne, beber cerveza y pagar los boletos más caros del país para entrar a un estadio son sinónimo de gente pudiente y trabajadora. No por nada hay un dicho que dice que en Monterrey los hombres no competimos por ver quién tiene las verijas más grandes, sino por ver quién tiene el asador, la hielera y el televisor más grande.

Monterrey no es nada de lo anterior: es mucho menos y a la vez mucho más, todo depende del punto de vista desde donde lo quieran ver. El problema con Monterrey es que desde hace mucho confundió el trabajo con la esclavitud, la diversión con los vicios, el progreso con la depredación, la industria con la irresponsabilidad ambiental, el dinero con la ambición desmedida, el desarrollo con el desorden, el orgullo con la arrogancia, el placer con la frivolidad, hacer negocios con el endeudamiento, la cultura con los conciertos masivos, la riqueza gastronómica con el cabrito y la carne asada.

En mi ciudad lo que más proliferan son los casinos, los congales, la delincuencia y las cantinas. Se expanden más que las bibliotecas, las galerías, los cineclubes, los parques o las librerías. Si lo anterior no se multiplica, es porque no tiene demanda, y, si no tiene demanda, es porque la mayoría de nuestros habitantes son ludópatas, borrachos o congaleros, ¿no creen? Si desde niños se nos hubiera enseñado que existen otros placeres aparte del trabajo y el dinero, y otras formas de administrarlos, otro gallo nos cantara.

Los planteles educativos –supuestamente “los mejores del país”- en parte también tienen la culpa, pues olvidaron su función primaria y se empeñan en moldear empleados, en preparar esclavos, en meternos en la cabeza que trabajar en Cemex, Cervecería o Gruma es lo más chingón. A lo máximo que podemos aspirar. Nos meten en la cabeza que tenemos que partirnos el lomo y que sólo así tendremos derecho al goce y a los placeres, aunque sea una vez al año en verano o los domingos de cada semana. No hay espacio para cultivar el interior, para cuestionar. Tus sueños, tu tiempo, tus intereses y tu alma le pertenecen a otro. Si quieres “triunfar”, tienes que hacer lo que te digan. Apegarte a sus condiciones. No hay de otra, como dicen los regiomontanos cuando les preguntas que cómo están: “Pues aquí, echándole ganas, trabajando: no hay de otra”.

El costo que paga una sociedad industrial y una cultura empresarial con individuos que ponen en primer plano el trabajo y el dinero, es el reflejo de lo que estamos viviendo ahora: tierra fértil para el crimen, para los vicios, para gente obediente que se desquicia a la menor provocación y rompe las mínimas reglas de la cortesía. Una sociedad que pone como únicas opciones de vida el trabajo y el dinero y el endeudamiento y el tener más para ser más, es una sociedad de esclavos. Es una sociedad que solita se construyó sus barrotes.

Ser una ciudad con todo lo peor y todo lo decadente, no tendría nada de malo si al menos lo aceptáramos. Lo malo es no aceptarlo y querer dar una imagen distinta de lo que somos. Hay que recordar que la negación es el primer síntoma de que tenemos un problema. De que estamos enfermos. ¿Nos daremos cuenta a tiempo o con carne asada, cerveza, fútbol y mota se nos olvida?

Por Guffo Caballero / guffo.blogspot.com

*** Este artículo es re posteado aquí con motivo de festejar la reciente “graduación” de mi estimado colega “Guffo”, desde aquí un fuerte abrazo y deseando la mejor de las suertes en su carrera (contra el tiempo).

No sale sobrando mencionar que elegí este texto de Guffo por consideralo una joya mono-literaria con la cual me identifico plenamente, y misma que recién el buen Luis “El cartún” Pérez rescata vía Facebook, tal vez por el mismo motivo.

Sobre el tema, dejo un pilón de mi cosecha … salud!

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